teatro Florencio Sánchez del Cerro,Martes 19 de julio, 19,30 hs

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Una Historia con Mandela

Por Juan Raúl Ferreira (periodismo@juanraulferreira.com.uy) | Martes, 24 de julio del 2012   Cuando el Uruguay no llegaba a los noventa años, a los 88 años de la Jura de la Constitución, más precisamente, en poblado de un par de cientos de pobladores, en Sud Africa, nacía Nelson Mandela. Del clan de los Madiba así le llamaban sus amigos cuando a inicios de la década de los 40 se fue a estudiar a Johannesburgo, luego de haber sido expulsado de un par de centros de estudio por su militancia gremial. Sus contemporáneos dicen que ya se veían en él sus condiciones de liderar. Cuando el 18 de julio Uruguay celebraba su fecha Patria, Mandela cumplía 94, más que los que nuestro país tenía cuando él nació. En estas partes del mundo, salvo elites de estudiantes y profesionales Mandela no era demasiado conocido cuando fue preso a inicios de la década del 60. Su figura comenzó a crecer internacionalmente en la cárcel. Por el año 64 quiso visitar a Uruguay el Ministro de Agricultura Sudafricano, pero su joven colega uruguayo, mi padre, no lo quiso recibir en protesta por el Apartheid y en solidaridad con una huelga de hambre que desde la cárcel hacía un hombre de cuarenta y pocos años; Nelson Mandela. Yo era muy niño. Apenas recuerdo algunos rum rums de la prensa de la época. Pasaron los años, todos fuimos creciendo y también el prestigio de Mandela. En mis años de exilio en Washington, la WOLA, institución de derechos humanos en la que yo trabajaba, focalizaba toda su labor en América Latina. Pero en aquel histórico edificio frente al Capitolio al número 100 de la Avenida Maryland convivíamos luchadores libertarios (“freedom fighters”) de todas las causas. Conocí pues, muchos exiliados Sud Africanos y marché más de una vez frente a la Casa Blanca. Un grupo de uruguayos, Nicolás Grab, si no recuerdo mal Alejandro Artucio (con quien la democracia uruguaya tiene una deuda permanente) y algunos otros exiliados en Ginebra, habían formado la Asociación Uruguaya contra el racismo y el Apartheid, de la que no recuerdo cómo terminé de Presidente. Ahí empecé a leer y aprender más de esta figura gigante a quién el régimen racista, cuanto más aislaba, más proyectaba internacionalmente. Esas vueltas de la vida, en al año ’79 me mudo a Nueva York donde ingreso por concurso como Sub Director y representante ante ONU de la Liga Internacional de Derechos Humanos. La oficina quedaba sobre la calle 46 Este a pocas cuadras de la sede de la ONU. Aquella primavera iba revisando las páginas de la declaración que debía de leer sobre el Apartheid y la libertad de Mandela. Tenía audiencia con la Primera Comisión, la de Asuntos Políticos de la Asamblea General estaba en proceso. Finalizada la sesión pensaba, “esto que he hecho es un mínimo granito de arena de los millones que día a día arriman seres solidarios alrededor del planeta. ¿Él sabrá algo de esto? No me acuerdo exactamente cuándo fue. por allí por el año 82, cuando ya soñábamos que el regreso al Uruguay se haría esperar pero llegaría… Me llama de Ginebra el Pastor Emilio Castro, el padre espiritual de todos los uruguayos que estábamos exiliados. Un Uruguayo ilustre, si los hay, que aunque su pasaporte había sido anulado por “APATRIDA” por la dictadura uruguaya, era, nada más ni nada menos que el Secretario general del Consejo Mundial de Iglesias. “el Papa protestante” le decía mi viejo con singular y contradictorio humor. Emilio había conseguido autorización para vistarlo en su celda. Iríamos Maureen Berman, el Rev. Bill Wipfler, Castro, por lo menos dos más cuyos nombres no recuerdo y yo. No podía creerlo. La leyenda iba a tener rostro. hacía poco que lo habían trasladado de la Isla de Robben donde había estado más de 15 años y decían que el nuevo centro de reclusión era ejemplar. Querían mostrarlo y no aguantaban la presión internacional. Y lo vimos. Solamente pudimos verlo. Era el preso 46664. Estaba sentado en una celda de muy escasa luz. Lo hicieron pararse y girar 360 grados para que observáramos a distancia que “estaba bien.” Solamente le pudimos regalar una mirada, un gesto solidario, breve, interrumpido, violentamente, aunque con modales corteses. Que horrible, dejar que la puerta se cerrara ante nuestros ojos, irnos y dejarlo. Horrible. Retornada la democracia en Uruguay, legisladores de todos los Partidos golpeábamos las puertas de la Embajada. “Es un terrorista” era la única respuesta que recibíamos. El 11 de febrero de 1990 no hubo lugar en el mundo donde la gente no ganara las calles para celebrar su libertad. Lo volví a ver en Argentina, en la Cumbre del Mercosur de Ushuaia cuando en julio de 1998. Yo estaba allí como Embajador uruguayo. Y él.. él como Presidente de una Sudáfrica libre y democrática. Y embajador Mundial de la Paz. No me atreví ni acercármele. Todos los que allí estaban lo ovacionaron y en el rostro de cada uno se adivinaban historias como ésta que yo cuento hoy. Porque él marco de a uno, a varias generaciones del siglo XX. Terminó sus palabras en Ushuaia diciendo “Si no hay comida cuando se tiene hambre, si no hay medicamentos cuando se está enfermo, si hay ignorancia y no se respetan los derechos elementales de las personas, la democracia es una cáscara vacía, aunque los ciudadanos voten y tengan parlamento. __

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